Si, a media noche, por la carretera
que te conté,
detrás de una gasolinera
donde llené,
te hacen un guiño unas bombillas
azules, rojas y amarillas,
pórtate bien
y frena.
Y, si la Magdalena
pide un trago,
tú la invitas a cien
que yo los pago.
Acércate a su puerta y llama
si te mueres de sed,
si ya no juegas a las damas
ni con tu mujer.
Sólo te pido que me escribas,
contándome si sigue viva
la virgen del pecado,
la novia de la flor de la saliva,
el sexo con amor de los casados.
Dueña de un corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella.
Y nunca le cobró
la Magdalena.

En el difícil arte de conjugar amor y putas, Joaquín nos demuestra una vez más que todo es posible. Que las dos veredas se juntan en la calle, y que la ternura no sólo es patrimonio de las noviecitas impolutas que tanto nos recomendaban nuestros papis. Que el amor a veces viene de la mano de las reinas de carmín y carterita, de tacones altos y escotes bajos (que tanto nos recomendaron nuestros tíos), y que, al fín de cuentas, al corazón del hombre se le llega más o menos por el estómago (con un margen de error de treinta centímetros, hacia arriba o hacia abajo).

Si estás más solo que la luna,
déjate convencer,
brindando a mi salud, con una
que yo me sé.
Y, cuando suban las bebidas,
el doble de lo que te pida
dale por sus favores,
que, en casa de María de Magdala,
las malas compañías son las mejores.
Si llevas grasa en la guantera
y un alma que perder,
aparca, junto a sus caderas
de leche y miel.
Entre dos curvas redentoras
la más prohibida de las frutas
te espera hasta la aurora,
la más señora de todas las putas,
la más puta de todas las señoras.
Con ese corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella,
Y nunca le cobró
la Magdalena.
(J. Sabina-Canción para la Magdalena)
Georgie