Eran los tiempos dulces de nuestra juventud. Con el Colo nos conocíamos desde la infancia, de los tiempos de la novena división de nuestro querido "Sanfer". Nos habíamos pasado "la ovalada" infinidad de veces. Él, en su sacrificada y embarrada condición de hooker. Yo, como elegante full back, puesto más "distinguido" y codiciado, si los hay.

Corría 1980, y de casualidad, nos encontramos en el mismo curso de la carrera de Ciencias Económicas, en la paquetísima Universidad de Belgrano. Colimba obligatoria y medio año sabático mediante, el tema es que arrancamos dos años después que el resto de los chicos, nuestros compañeros. Y dos años a los veinte, se notan. Winners totales, teníamos la percepción de "comernos a los chicos crudos", que viene a hacer la condición de saberse y sentirse conquistador por excelencia: los otros miraban desde las mesas; nosotros dominábamos la barra, dando cátedra de enganche a la gilada, y acechando a las presas cual lobos feroces. Lobos que, a la postre, terminaríamos siendo tiernos corderos, frente a Caperucitas capaces de darnos cinco millones de vueltas y una más. Pero esa es otra historia. Vayamos a lo nuestro.

Primera clase de Estadística I. Cuando con el Colo la vimos llegar no lo podíamos creer. La profe era una dulce señora, treinta años, quizás, más linda (y recatada) que Graciela Alfano. Enseguida nos hicimos notar (en patota éramos todavía más poderosos), y, por suerte, le pudimos robar una sonrisa. En una sana competencia, jugamos a congraciarnos con este bello ejemplar de mujer, que en su inocente ignorancia, logró un objetivo por demás difícil: que el Colo se pusiera las pilas y le tomara cariño a una materia. No faltaba jamás, hacía los ejercicios, trabajaba en clase. Un ejemplo de estudiante universitario...

Igualmente se terminó llevando la materia. Yo la pude promocionar, pero él... En el fondo, creo que conservó la esperanza de encontrarse con ella en la mesa de examen. Dura sorpresa la que se llevó cuando vio aparecer en la mesa a un peladito con cara de cínico, que en cinco minutos lo despachó con un 2 así de grande...

La vida nos volvió a juntar después de muchos años. Ninguno de los dos nos recibimos. Yo, comerciante. Él, dueño de una distribuidora de aceite para restaurantes y bares. De la profe, nos quedaba más que el recuerdo. En su cabeza, el Colo guardó la imagen de la mujer más hermosa conocida y la sonrisa más deseada. En mis cuadernos de apuntes, un borrador con la letra de un bolero dedicado a ella, que bien me podía caber tanto a mí como a él, y que mi amigo nunca conoció. Mejor. Se hubiera puesto celoso...

Como decirle, señora, que Usted, con su hermosa sonrisa hizo que
los colores prendieran en mi piel.
Porque mi amor es prohibido, fíjese que yo pierdo el sentido, y sin saber
si él es correspondido por usted.
Si usted acepta, la ilusión de hacerla mía intentaré.
Si no se opone a hacer feliz, para mí, para usted,
será un nuevo tiempo de amor...
(Georgie-fragmento de Bolero para un amor prohibido-1980)

Para componer el bolero me inspiré en la mágica sonrisa de una hermosa mujer.
El post, en cambio, va dedicado al Colo "Boxer" Casella, "personaje" como pocos, viejo conocido del Club San Fernando, de la "facu" y de la vida, a quien recuerdo con mucho cariño, y con quien compartimos momentos hermosos. Si lo ven por ahí, díganle que, en un rincón de nuestros corazones, Moris sigue cantando "El oso" y está contento de verdad...
Georgie